Reset

En materia de conocer a alguien nuevo es muy difícil salir con una persona que ha perdido la fe en las relaciones y en todo lo que lo acompaña. Sobre todo porque son posturas que cualquiera que haya sufrido un desengaño amoroso puede entender; entonces son barreras difíciles de romper y actitudes que no se pueden contrariar tan fácilmente.

En este momento en que no estoy en “all about the love mode”, la idea de  que tener que pasar por todo el proceso de “conocimiento del otro” me da mucha fiaca.  Eso implica tener que contar toda mi historia de nuevo (y eso que no es muy larga), descubrir de nuevo las cosas en común, las diferencias, los pet peeves, los secretos, etc. Y si bien es una de las mejores partes de comenzar una relación y es parte del proceso que nos enamora, también significa tener que encontrarnos con fantasmas y miedos que no son nuestros, tales como ex novias posesivas, parejas celosas, infidelidades, abandonos, etc.  Esa es la parte que hoy non mi piace tanto.

Sería genial contar con un botón de reset y poder abrirnos a empezar siempre desde cero y sin prejuicios, poder querer sin presentir, como dice el tango. Que una vez que se termina el amor, nos devuelvan el corazón en condiciones suficientes como para poder volver a usarlo después y con una listita de do’s & don’ts para la próxima. Sin necesidad de tanto sufrimiento en el medio. Porque adivinen qué: Lo que pasa es que el que terminó mal primero después hace sufrir al otro que recién llega que no tiene naaada que ver. Y no es justo que una venga con un montón de cosas nuevas y genuinamente con buenas intenciones para que nos atropellen con miedos e inseguridades que nosotros no ayudamos a crear.

Claro que no hay que dejarse atropellar tampoco, porque así es como nos frustramos, nos sentimos inútiles, insuficientes o poco idóneos para entrar en la vida de alguien que evidentemente solo quiere estar solo – y eso cuesta entenderlo. Pero es una problemática difícil de lidiar donde se tiene que aprender a ser pacientes y saber hasta dónde tomar del otro y cuando decir basta; porque en algún momento también nos va a tocar estar en la vereda de enfrente.

Les dejo Cold Cold Heart, por Norah Jones – para acompañar el post.

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La Susanita y La Superada

Hace poquitos días, mientras trataba de ignorar el calor agobiante del subte, escuchaba como 2 chicas se quejaban de que los hombres no son como los de antes. La verdad es que no me costó tratar de entender la lógica de semejante sentencia en su queja ya que de ninguna manera, tampoco las mujeres somos como las de antes… y no hace falta irnos tan atrás para ver esta realidad.  Una de las chicas hablaba como si fuese una fatalidad terrible, llegar a los 35 y no haberse casado aún, pero la otra le decía que en todo caso, fatalidad mayor habría sido casarse a los 25, no haberse recibido nunca y haberse divorciado a los 29.

Yo vengo de una generación de mujeres, todavía criadas en el ideal del matrimonio, del príncipe azul, de que existe el hombre perfecto, del casamiento como un logro que sirve para medir el éxito amoroso de una mujer (no así de un hombre) y de la absoluta estigmatización de la soltería. Todo esto viene acompañado de los distintivos de la liberación femenina: hacer una carrera (terminarla y vivir de ella), ser independiente, ambiciosa y exitosa, etc.. y eso de que no necesitamos de un hombre para ser felices…

Estas dos chicas, me parecieron la ilustración acertada de dos mujeres que desde fines del siglo pasado, luchan por convertirse en una sola: La Susanita y La Superada.

No es fácil ser una sola de estas mujeres porque las dos separadas están mal vistas, es como si tuviésemos que lograr un balance perfecto entre estar programadas para el matrimonio, y los hijitos, y la vida conyugal y además ser mujeres autosuficientes, trabajadoras, económicamente independientes, innovadoras, etc. Créanme, no es fácil.

La mujer, a lo largo de la historia, se ha definido siempre respecto a un modelo a seguir: como hijas, hermanas, madres, esposas, etc. Así es que tenemos la difícil tarea de definir nuestra propia identidad y desde nuestros propios criterios. Es un fenómeno, que quizá por mi corta edad o porque mi razón no lo distingue, no veo que suceda con los hombres. Si un hombre tiene como ultimate ambition casarse y tener hijitos, nadie lo mira con cara de pobre Susanita desesperada. Y si ese mismo hombre quiere volverse un soltero empedernido, viviendo solo por y para su carrera y saltar de relación en relación. Nadie le va a decir que es un solterón, o un histérico, o … (What’s the boy word for slut?).

A decir verdad, no me gusta ninguno de los dos extremos, pero creo que las opciones son muy limitadas y que combinarlas no es tarea sencilla. Si no somos Susanitas, y no somos Superadas…¿qué más podemos ser?

Pensándolo mucho, y desde la mirada de quien escribe, no me parece una fatalidad cumplir 35 y no haberse casado, o haberse casado y divorciado joven. Son elecciones: una apuesta a no conformarse por menos de lo que soñamos (sin garantías de que exista) o no dejarse llevar por el que no nos convence pero como debería haberme casado ya…;  y la otra apuesta a arriesgarse por quien pensamos que nos va a hacer feliz para siempre (aunque nunca tengamos la certeza de que así va a ser). Lo importante es poder ser fiel a una misma, y definirnos satisfechas y felices, bajo nuestros propios términos.